TRASTOS QUE SE ABANDONAN

En medio de la vida, hacer recuento.
Las pelis de comanches vistas en cines de reestreno, los bailes y los besos en gloriosas discotecas de verano incandescentes. Coches, camisas, chistes, pantalones bermudas, mundobaskets y varias cintas de casettes, sin título, que siempre se atascaban. Cortes de pelo, fotos, direcciones, la papeleta de civil de cuarto. Casas, despachos, juerga, algarabía, restaurantes de menú del día, incluso el nombre de alguna ocasional enamorada.
Todo, todo eso, se fue, se esfumará de la memoria en un instante y lo que otrora fueron vivencias trascendentes (aventuras), más tarde anécdotas simpáticas (o sosas) y luego el rún rún de los recuerdos, ya pasó, pasará a formar parte un día cualquiera -ayer, hoy o mañana- del tenue, casi etéreo, subconsciente flemático de las generaciones.
Mucha culpa es del tiempo -verdad- que, riguroso juez, decreta extrañamientos y destierros de lo que va volviéndose inservible. Pero tampoco nuestra voluntad es del todo inocente.
¿O no son acaso nuestros miedos, no son nuestros afanes los que procuran día a día, hora tras hora, que la memoria guarde sólo lo estrictamente necesario -sólo lo conveniente o lo traumático- y arrojan por la borda de lo ignoto a todos esos niños a todos esos jóvenes, hombres, mujeres, viejos... a los que ya no hacemos casi el menor caso?.
¿Y qué se puede decir de las cosas, los objetos?. Los más queridos, los favoritos, sí que parecen tener su porvenir garantizado, pero otros muchos que antaño mantuvieron un papel preeminente: el reloj sumergible, la colección de Astérix, la raqueta de tenis de aluminio, terminamos por dárselos al tiempo para que sea él, que gusta de vivir desaforado, el que los pierda, los conserve o los mime, a su antojo. Por ejemplo, en mi caso, lo he elegido editor de alguno de mis textos. Los que he supuesto menos originales y no tan sugerentes.
14 comentarios
Hace poco, en mi último viaje al Mediterráneo, me sucedió algo en relación con lo que comentas. Tenía en un almacen del puerto (pósito) un montón de cajas con parte de mis cosas que estaban ahí aparcadas desde el último naufragio sentimental, hace ya doce años. Me las traje a mi refugio rural y al abrirlas, junto a cosas que echaba de menos: "¡hombre...! me encontraba muchísimas más de las que ni me acordaba, me gustaron en su día, por eso las tenía, pero jamás había vuelto a acordarme de ellas.
En cuanto a la memoria, no funciona como un almacén ni un archivo, cada vez lo tienen más claro los neurocientíficos modernos; otro día podemos hablarlo.Y a nosotros nos olvidaran en menos de 50 años: excluyendo a nuestros amigos, contemporáneos, tras nuestros hijos, nuestros nietos, y los hijos de estos ya nada. Y será entonces cuando verdaderamente hayamos muerto. "Dejar huella quería..." así comienza un terrible poema de Gil de Biedma.
Es curioso como cuando recreamos lo vivido por nosotros, tendemos a la contemporaneidad, aunque hayan pasado más de treinta años de aquello que rememoramos, y sin embargo lo ocurrido allá donde no alcanzan nuestros recuerdos nos parece poco menos que la prehistoria. Pero... estoy de acuerdo... conservar cosas por su mero valor sentimental -y, en cuanto tal, caprichoso- carece de demasiado sentido. Es mejor guardar las cosas por su valor intrínseco al margen de cual pudiera haber sido en un momento dado nuestro apego hacia ellas. Conservar cosas que puedan reportarnos placer sin llegar a emocionarnos a lo tonto.
La vida vuelve a comenzar una y otra vez con cada nueva vuelta del segundero. Una y otra vez.
Abrazos!.
Cada vez que he tenido que mudarme me ha abrumado comprobar la cantidad de objetos inclasificables que van amontonándose en torno a nuestra vida. No me refiero a los libros, los muebles, la ropa, a las cosas de utilidad evidente y que con un ciclo vital más o menos largo nos acompañan por motivos lógicos, sino a esa especie de espuma de objetos, amorfa e indiscernible, que va creciendo a nuestro alrededor, cuya existencia ni nos planteamos normalmente y que en una mudanza se convierte en un problema y, finalmente, en metros cúbicos de insospechada basura que desaparece de repente de nuestra vida.
Imagino que en el orden mental nos pasa otro tanto, pero, como no hacemos mudanza de cerebros, la espuma amorfa sigue ahí, ignorada, en algún sitio de las circunvoluciones cerebrales. Tenemos en algún sitio un gran trastero mental, bien cerrado salvo por algunas rendijas - músicas, olores - y al cual, como a las ventanillas de los trenes, es peligroso asomarse.
Estoy cada día más convencido: todo lo que no nos podamos llevar encima, lo que cabe en una mochila, en puridad es superfluo. Pero eso es el lujo, lo superfluo, y no seré yo quien reniegue de él, tampoco quien lo reivindique. Aún así hay que saber distinguir lo necesario del resto, y las mudanzas dan ocasión para eso.
Bueno, yo creo precisamente que el lujo es algo "lujoso" y placentero en la medida en que podemos tomarlo o dejarlo a voluntad. Cuando se convierte en condición necesaria, exigencia ineludible, mínimo imprescindible o algo así es el momento en que tienes que darte cuenta de que te has vuelto gilipollas y dar marcha atrás.
Vale, voy a practicar una "contradicción en sus términos", la del lujo imprescindible (déjame, anda); sólo hay dos, el espacio, que te separa de los demás (que son el infierno, como dijo Sartre, cuando no son deseados, añado yo), el espacio de una casa espaciosa,o de un predio, de un lugar que lois demás desconocen, no hace falta que sea "tuyo", y el tiempo, el tiempo estrictamente dedicado a uno mismo, no a mantenerse ni a ocuparse de. La gente parece que instintivamente, con eso de la privacidad y tal, "sabe" lo del espacio, booms inmobiliarios incluidos, pero no sabe, generalmente no, que lo más valioso que se puede comprar, naturalmente con dinero, aunque sea renunciando a él, es el tiempo. Yo hace tiempo que me compro tiempo, todo el que puedo; la vida es breve. Así que Einstein una vez más tenía razón: el espacio y el tiempo.
Lo que en el fondo me parece que hacéis es identificar el lujo con la satisfacción de los deseos. ¿Es realmente eso el lujo?. No sé.
¿O es -muy al contrario- poder disfrutar de lo qué ni siquiera se desea pero sabemos que es algo deseable?. No sé.
Tienes razón, Bluff; el lujo lleva la seña de los superfluo y prescindible. Pero también, está la acepción más popular de lujo como "esto es un lujo", "me puedo permitir el lujo de..." para hablar de cosas o actos simplemente deleitosos. Hemos confundido ambas acepciones.
1ª acep.- diamantes
2ª acep.- La siesta, una paella en su punto
Odio guardar cosas; lo inservible, a la basura (al punto limpio o donde sea), lo que sirve pero no a mí, lo regalo lo más rápidamente que puedo. No me gusta comprar casi nada, prefiero el estilo minimalista para limpiar lo mínimo. En cuanto a los recuerdos, no tengo buena memoria.
Mi vida es muy lujosa en el sentido lanskiano espacio-tiempo. Lo bueno es que soy consciente de ello y lo disfruto. Lo malo es la envidia femenina de quien no puede soportar que me guste vivir tan bien. Que les den.
La envidia no es un vicio femenino, ama de casa, ni siquiera "español", como sostienen algunos. Está muy repartida.
Ya, L., yo también he pensado en eso, sin embargo todo lo que puedo decir es que a mí no me envidian los hombres y sí las mujeres que, por cierto, son españolas. Las razones no las entiendo, tengo mis teorías pero ¿quién sabe lo que les pasa por esas cabecitas? Y que nadie se ofenda, también hay excepciones. Estoy hablando de las tontas (la mayoría, pues). No que los hombres sean más listos, sino que los hombres no me tienen envidia, sean tontos o listos. Creo que quedó claro, ¿no?
La envidia es un vicio planetario, pero en España goza de especial predicamento. Cosas del catolicismo y de nuestra natural tendencia a la anarquía (lo que trae ciertas ventajas, pero también inconvenientes). Saludos.
No veo la relación entre "natural tendencia a la anarquía", ni siquiera en el sentido peyorativo que la utilizas, Recaredo Veredas (para otros anarquía es la máxima expresión del orden, no el desorden: la "idea" de los libertarios) y la envidia, no la veo, francamente.
Y por no ver, Recaredo, tampoco veo yo la relación entre la envidia y el catolicismo. Que no digo que no la haya, pero me resulta un poco abrupto lo de darla por evidente sin mayor explicación.
Escribe un comentario