TRASTOS QUE SE ABANDONAN

En medio de la vida, hacer recuento.

Las pelis de comanches vistas en cines de reestreno, los bailes y los besos en gloriosas discotecas de verano incandescentes. Coches, camisas, chistes, pantalones bermudas, mundobaskets y varias cintas de casettes, sin título, que siempre se atascaban. Cortes de pelo, fotos, direcciones, la papeleta de civil de cuarto. Casas, despachos, juerga, algarabía, restaurantes de menú del día, incluso el nombre de alguna ocasional enamorada.

Todo, todo eso, se fue, se esfumará de la memoria en un instante y lo que otrora fueron vivencias trascendentes (aventuras), más tarde anécdotas simpáticas (o sosas) y luego el rún rún de los recuerdos, ya pasó, pasará a formar parte un día cualquiera -ayer, hoy o mañana- del tenue, casi etéreo, subconsciente flemático de las generaciones.

Mucha culpa es del tiempo -verdad- que, riguroso juez, decreta extrañamientos y destierros de lo que va volviéndose inservible. Pero tampoco nuestra voluntad es del todo inocente.

¿O no son acaso nuestros miedos, no son nuestros afanes los que procuran día a día, hora tras hora, que la memoria guarde sólo lo estrictamente necesario -sólo lo conveniente o lo traumático- y arrojan por la borda de lo ignoto a todos esos niños a todos esos jóvenes, hombres, mujeres, viejos... a los que ya no hacemos casi el menor caso?.

¿Y qué se puede decir de las cosas, los objetos?. Los más queridos, los favoritos, sí que parecen tener su porvenir garantizado, pero otros muchos que antaño mantuvieron un papel preeminente: el reloj sumergible, la colección de Astérix, la raqueta de tenis de aluminio, terminamos por dárselos al tiempo para que sea él, que gusta de vivir desaforado, el que los pierda, los conserve o los mime, a su antojo. Por ejemplo, en mi caso, lo he elegido editor de alguno de mis textos. Los que he supuesto menos originales y no tan sugerentes.